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lunes, 6 de agosto de 2007

Reseña tardía

Como el mundo parece ya haberse calmado después de la furia monumental que provocara el release the TDH, entonces me siento con suficiente calma, fuerzas e inspiración para correr mi reseña del libro en cuestión.

Mucho se ha hablado y dicho. Me encanta leer las reseñas que aparecen por aquí y por allá, para darme una idea de la opinión general acerca de tal o cual suceso. Sin embargo, últimamente me ha pasado como que las reseñas negativas tienen argumentos más sentados (aunque siempre son los mismos argumentos) que las que se dejan llevar por la furia del momento. En todo esto, me he dado a la tarea de otorgar una reseña más cuidadosa, menos apasionada, aunque sí, sin hacer demasiado caso a voces exaltantes y apoteósicas por igual.

Por principio de cuentas, TDH no es el mejor libro de la serie. Se queda a una distancia mediana, corta, tal vez, de GOF y de OOP (en todo caso, mucho más cerca de esta última que de la primera). Y es que, me dicen, el cuarto libro es maravilloso por que cual novelista policiaca, la autora va dejando pistitas regadas por los pasajes del libro hasta un clímax impactante e inesperado. En lo particular, GOF ha sido el que más me ha dejado con el alma en un hilo, y por más tiempo (el gap entre los libros cuatro y cinco, en tiempo, fue el más largo).

Sin embargo, como se ha comentado mucho, TDH es un wrap-up genial a toda la serie. Ya no más explicaciones repetidas sobre quién-hizo-qué-y-cuándo, ni recapitulaciones innecesarias. Puede que esto impida a quien recién se está incorporando a la saga sentirse perdido, pero siendo honestos, ningún tarado se esperaría hasta el último libro para leer el final. En todo caso, casi todos los personajes que están vivos (y un poco los muertos) aparecen para lo que se ha llamado un "curtain call": para despedirse de quienes han crecido y se han desvelado con ellos. Es buen detalle, que, desgraciadamente, ningún escritor hace jamás. Por lo mismo, puede sonar exagerado o teatral, pero que en mi caso, agradezco de todos modos.

Lo que tal vez se extrañe es el ambiente estudiantil tan bien planteado en los seis libros anteriores. A muchos no les gustó el cambio de ambiente, y puede que tengan razón. La autora era un pez en el agua a la hora de bucear por los estanques dickensianos e incluso hessianos, por lo que no se siente tan en confianza a la hora de salir "al campo". Además, el hecho de que las novelas sean fantasía baja no ayuda demasiado a plantear de manera fantásticamente realista los escenarios bucólicos que un escritor competente de fantasía alta debe dominar a la perfección. Los pasajes que tienen lugar en el campo suenan más forzados, que, digamos, un Paolini (aun cuando éste deriva muchísimo).

Otra cosa interesante sobre el libro fue que me sentí parte de muchas épicas a la vez. Como si ésta intentara ser una suma de muchas épicas, con todos los ingredientes. Hay situaciones que recuerdan vivamente a objetos maléficos que si uno se les acerca le pervierten demasiado; situaciones que recuerdan que hay que saber entregar la cabeza cuando la misión (o la Idea que la alimenta) así lo exige y uno se ve a sí mismo elevado por el sacrificio... sólo por poner dos situaciones de los grandes titanes de la novela fantástica.

Sin embargo, es un buen colofón. Con todo y que cierta última muerte me dejó con la misma cara que me dejó Kill Bill Vol. 2 cuando escuché eso de "Did Pai-Mei teach you the five-point-heart exploding technique?" (aunque necesariamente sin el glorioso bolèro que compuso Morricone para tal efecto), la serie termina de buena manera. Tres semanas después de haber comenzado a escribir este post y con siete libros de pasta dura acomodados y tranquilos en mi librero, no queda sino darle las gracias a Joanne Kathleen Rowling por haber hecho que la juventud mundial (y a veces más que eso) aprendiera nuevas maneras de soñar.

Al fin y al cabo, para eso es la literatura.

jueves, 19 de julio de 2007

Estar ahí

Hace uno o dos posts comenté acerca de la alharaca que provocó la publicación en folletín de la última entrega de David Copperfield, allá en el siglo antepasado. El hecho de que la mayoría de las novelas realistas se publicaran de este modo permitía a sus escritores convertirse en multimillonarias celebridades (y hoy nadie los critica por eso). Dickens y Sue, Zola y Clarín, todos ellos fueron los literatos que marcaron a una generación que pasaba del segundo imperio a la bella época.
Hoy en día la intercomunicación global nos permite enterarnos en tiempo y forma de todo lo que ocurre de un lado a otro del globo. Sin embargo, también los productos pueden llegar a latitudes inmensamente lejanas en muy pocos días.
Todo esto viene a cuento porque a raíz del post del reading list de julio, he esperado con suma paciencia, al igual que otros tantos millones, el release mundial de cierto esperado bestseller. Repito que todo lo comentable ya ha sido comentado en muchísimos foros y sitios de discusión, muchas veces con resultados no muy satisfactorios para el nivel de debate que debería existir en un sitio de internet (aún en cuestiones como las literarias). No hablaré ni de mis expectativas del libro, ni de mis teorías del final, ni sobre porqué creo que la muerte del protagonista daría un remate increíble a la serie, pero sí hablaré acerca de porqué faltando dos días para el release mundial de este séptimo volumen existen muchas personas alrededor mío mordiéndose las uñas de la emoción. Y también sobre cómo ayer fueron cambiados mis planes para que yo vaya el mismísimo sábado a la librería Gandhi Central, nada más y nada menos que a las diez de la mañana, cuando abran. Hay eventos bien guay como manualidades, proyecciones fílmicas, lecturas a viva voz, foros de discusión y etcéteras. Yo la verdad, voy a lo que voy, sin detenerme a ver qué hacen los niños que se vistan de capa y corbata a rayas. Pretendo entrar, formarme, comprar el Rowling, así como un Rand, un Aguilar Camín y uno de Mendoza/Montaner/Vargas Llosa Jr. de un tema un poquito más picoso que la magia o las guerras civiles: la política en el subcontinente.
De cualquier modo, y sin meterme en el tema de la "literatura de calidad" que es un conflicto medio federiquete entre quienes se dan baños de pureza por fingir haber leído más de tres veces a Proust y quienes lo único que piden cuando leen es emoción (como hacían las personas del siglo XIX que hacían lo mismo con Verne, a quien, hasta donde yo sé, no se le considera literatura seria); esperaré las últimas treinta y seis horas para el release más esperado en la historia de la literatura.
Y estaré ahí.